Contra el racismo en los medios

Observamos con profunda preocupación cómo los medios de comunicación hegemónicos, instrumentos al servicio del poder económico y estatal, emplean sistemáticamente nacionalidades y etnias como categorías fundamentales para explicar el mundo. Esta práctica no es inocente. Es una herramienta de división, un veneno que irriga las venas de la clase trabajadora para debilitarla, generando racismo, aporofobia y desconfianza entre quienes, por condición material, compartimos un enemigo común: el capital y el Estado que lo custodia.


Cuando un titular grita “un hombre de origen X comete un delito”, o cuando una crónica subraya insistentemente la nacionalidad o el fenotipo de un individuo en contextos negativos, se está construyendo una narrativa perversa. Se reduce la complejidad humana a una esencia ficticia ligada a fronteras o rasgos, ocultando las condiciones materiales reales que determinan nuestras vidas. El mensaje subliminal es claro: el problema no es la precariedad, la explotación laboral, la falta de vivienda digna o la violencia estructural; el problema es “el otro”, el “diferente”. Así se siembra el racismo, transformando al compañero de fábrica, al vecino de barrio humilde, en un chivo expiatorio. La aporofobia, el desprecio al pobre, se viste así con ropajes étnicos: no se odia al pobre por ser pobre, se le odia por ser “pobre y extranjero” o “pobre y de otra raza”, como si su pobreza fuera un atributo cultural y no el resultado de un sistema económico depredador, heredero de la colonización.


En Iruñea concretamente estamos viviendo una campaña de odio en donde se criminaliza a quienes no tienen más remedio que vivir dentro de edificios en ruinas. Titulares en donde se destaca la nacionalidad de quien es okupa como si eso cambiase algo del hecho principal: una crisis social y de vivienda del mismo tamaño que el capitalismo depredador que nos oprime. Rotativas en donde el mayor peso de la noticia se carga en el morbo provocado por el miedo y la incomprensión a quien es diferente, no ha tenido las mismas oportunidades y/o llegó a Navarra buscando un futuro mejor.


Este discurso alimenta el mito de la “batalla cultural” y la “lucha entre naciones”, fantasmas agitados por las élites para secuestrar nuestra fuerza revolucionaria. Nos hablan de esencias nacionales, de tradiciones eternas, de choques de civilizaciones. Son cortinas de humo. ¿Qué tradición común tiene el banquero del Barrio de Salamanca con el obrero del metal?¿Qué esencia nacional comparte el terrateniente con la jornalera murciana? Las naciones no son sujetos históricos con intereses propios; son construcciones estatales, herramientas de dominación para crear identidades de rebaño que superpongan la lealtad a una bandera a la solidaridad de clase. La “batalla cultural” es el teatro donde se representa este engaño, un circo mediático que nos distrae de la única guerra real: la guerra de clases.


Mientras nos enredan en discusiones estériles sobre símbolos, asustándonos con un mal externo, los dueños del capital ,sin patria, sin etnia, fieles solo al balance de resultados, trascienden fronteras con sus inversiones, sus paraísos fiscales y sus ejércitos de trabajadores precarizados. Explotan al migrante en los invernaderos de Almería, al joven español en las plataformas de reparto de Madrid y al niño en las minas de cobalto del Congo con la misma frialdad. Su división fundamental no es racial ni nacional: es la que separa a quien posee los medios de producción y quien solo posee su fuerza de trabajo.


Lo que nos iguala, lo que forja una identidad común indestructible, es ser clase obrera. Es la experiencia compartida de vender nuestro tiempo a cambio de un salario, de sufrir la alienación en la cadena de montaje o en la oficina, de enfrentar el despotismo del patrón, la amenaza del despido, la angustia de llegar a fin de mes. Es el mismo sudor en la obra, la misma incertidumbre ante un ERE, la misma rabia ante los desahucios. Esta experiencia material trasciende cualquier frontera, acento o tono de piel. El obrero andaluz que emigró a Navarra en los 60, el marroquí que cruza el Estrecho hoy y el alemán nativo que ve cómo su fábrica se deslocaliza, comparten más entre sí que con los capitalistas de sus respectivos países.


Por ello, planteamos una comunicación radicalmente distinta, una práctica informativa al servicio de la clase, no de la división. Esto implica desenmascarar activamente cómo el poder usa la etnicidad y la nacionalidad para dividir, exigiendo a los medios que, cuando un hecho esté ligado a condiciones sociales como el hacinamiento, la falta de recursos o la explotación laboral, señalen esas causas estructurales y no el origen de las personas. Supone también construir medios horizontales y autogestionados, donde la información se analice desde la óptica de clase: un delito como síntoma de miseria social, un conflicto vecinal como consecuencia de la especulación urbanística, un incidente como explosión de tensiones creadas por la precariedad, haciendo irrelevante la nacionalidad.


La “solución” que se suele airear en los medios refuerza esta división: más controles policiales, más perfiles étnicos en las redadas, más CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros). Es decir, se propone más Estado represivo y más fronteras internas, en lugar de atacar el problema de raíz: la necesidad de vivienda digna, renta básica, empleos con derechos y servicios públicos robustos para todos y todas, sin distinción de origen. Se enfrenta a las personas pobres entre sí: el vecino que sufre la precariedad pero teme por “la inseguridad” es dirigido a ver a la persona sin hogar, a menudo migrante, como una amenaza, en lugar de verlo como un compañero de desgracia en un sistema que les abandona a ambos.


La verdadera comunicación no se da solo en panfletos o webs, sino en la acción concreta y el apoyo mutuo. Es la huelga que paraliza un centro de internamiento de extranjeros, la asamblea de barrio que frena un desahucio sin preguntar por pasaportes, el sindicato que defiende a todos los trabajadores por igual, documentados o no. Esa es la propaganda más poderosa: la fuerza de la clase obrera, es la solidaridad. A partir de esta práctica, debemos crear relatos que enfaticen lo que compartimos: la lucha por la vivienda, por la salud pública, por un trabajo digno, celebrando las historias de solidaridad interétnica en las luchas, mostrando que la cooperación no solo es posible, sino natural cuando miramos más allá de los prejuicios inculcados.


La revolución social que perseguimos no es la de una nación contra otra, ni de una cultura contra otra. Es la revolución de la clase trabajadora mundial contra el capitalismo y el Estado. Un mundo sin fronteras ni banderas, donde la riqueza producida colectivamente sea disfrutada por todos y todas, y donde la libre asociación en sindicatos, asambleas y comunas sustituya a la jerarquía y la opresión.


No nos dejemos robar la posibilidad de un apoyo mutuo verdadero. Rechacemos el lenguaje que nos separa. Organicémonos, desde abajo y sin intermediarios, en torno a lo que realmente somos: seres humanos explotados, con un mismo interés de clase. En la unidad de esa lucha, y solo allí, reside nuestra fuerza y nuestra esperanza. Porque, como bien gritaba la vieja consigna que hoy revive con urgencia:

¡Trabajadoras del mundo, uníos!

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